Asesinos y violadores de uniforme: los últimos criminales fusilados en un país latinoamericano

Cometieron 10 asesinatos y cuatro violaciones en apenas año y medio, antes de que fueran detenidos gracias a la perspicacia de un compañero.

La historia de dos policías chilenos que en contra de lo que dictaba su trabajo se dedicaron a asesinar y a violar, aterrorizando durante varios años a Chile, principalmente a la ciudad de Viña del Mar, forma parte de la historia criminal y judicial más conocida del país sudamericano.

También lo es por su final, puesto que los dos hombres fueron condenados a pena de muerte y ejecutados a través de un pelotón de fusilamiento, convirtiéndose en la última ocasión en la que se aplicó la pena capital en el país antes de su eliminación en 2001.

Los dos asesinos eran los carabineros Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins, que contaban con 25 y 30 años respectivamente cuando iniciaron su sangrienta carrera criminal que terminó con un saldo de 10 asesinatos y cuatro violaciones.

El primer crimen

La pareja de carabineros cometió su primer crimen el 5 de agosto de 1980, aunque no fue hasta mucho después cuando se le pudo vincular con la oleada de asesinatos que llegaría poco después.

Esa noche mataron al profesor Enrique Fajardo, de 35 años. Se encontró su coche colgado en la plaza Bellamar, en una posición de increíble equilibrio. Dos días después se halló el cadáver de su propietario en un lugar cercano al jardín botánico de la ciudad.

Solo se pudo vincular este suceso a los posteriores crímenes cuando la zona ya era presa del pánico y una mujer denunció en comisaría que estaba con Fajardo cuando lo asesinaron y que a ella la habían violado dos hombres, de los que aportó la descripción.

Los psicópatas de Viña del Mar

El 12 de noviembre de 1980 llegó su segundo crimen, estableciendo el que sería a partir de entonces su modus operandi mayoritario, el ataque a parejas en lugares solitarios donde solían ir en busca de intimidad.

Ese día atacaron al médico Alfredo Sánchez y a su novia, la enfermera Luisa Bohle Basso, cuando se encontraban dentro de su vehículo. Sacaron al hombre y lo mataron de dos disparos, después violaron por turnos a la mujer, a la que dejaron con vida al no resistirse.

Tres meses después, el 28 de febrero de 1981 asesinaron al empresario Fernando Laguna y violaron y mataron a su acompañante, Delia González. Según aumentaba el número de víctimas y crecía el desasosiego, comenzó a extenderse el nombre por el que serían recordados en años venideros: los psicópatas de Viña del Mar.

El 26 de mayo de ese año fue una de sus jornadas más sangrienta. Ese día mataron a un taxista y se quedaron con su vehículo. Poco después interceptaron a una pareja. De nuevo acabaron con la vida del hombre y violaron y dejaron con vida a la mujer, al no ofrecer resistencia.

El proceso se repitió el 28 de julio, día en que asesinaron a un taxista y volvieron a atacar a una pareja, de la que sobrevivió la mujer tras ser agredida sexualmente.

El 1 de noviembre de 1981 cometieron sus últimas atrocidades contra una última joven pareja: mataron al joven, de tan solo 18 años, y violaron y mataron a su novia, de 22.

Investigaciones cruzadas y un chivo expiatorio

Durante todo este tiempo, casi año y medio, las indagaciones de las autoridades parecían no prosperar, a pesar de contar con la descripción detallada de los sospechosos que habían podido aportar las supervivientes.

Se trataba de dos hombres jóvenes: uno de ellos delgado, con la tez blanca y cercano al 1,80 de estatura; el otro de menor estatura, entrado en kilos y de comportamiento subordinado al primero. Los dos tenían los ojos claros.

Uno de los obstáculos fue la implementación de dos investigaciones paralelas, una llevada a cabo por la unidad OS7 de Carabineros y otra por la Policía de Investigaciones del Chile. Los dos organismos parecían competir y apenas compartían información.

Además, en marzo de 1982 se produjo una detención que pareció calmar a la opinión pública. Se detuvo a Luis Eugenio Gubler Díaz, director del Banco Nacional, dueño de una empresa e hijo de Luis Gubler Escobar, presidente de la Compañía Sudamericana de Vapores.

Bajo tortura acabó confesando los crímenes, mientras la prensa de la época le dedicaba portada tras portada. Más tarde se sabría que su detención obedeció a una jugada de un alto jefe de Carabineros que dirigió la investigación hacia él por motivos personales.

Un compañero valiente

Mientras esto sucedía había alguien que había logrado dar con la verdad. Se trataba del cabo Juan Quijada, compañero de la misma repartición que Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins.

Les escuchó hablar por casualidad de los crímenes y se encendieron todas su alarmas, a la vez que comprendía que ambos encajaban en las descripciones facilitadas por las víctimas. Al encarar a uno de ellos, además, consiguió que le confesara todos los asesinatos, según relató tiempo después a la prensa.

Sin embargo, ante las zancadillas internas en Carabineros, no fue hasta que Quijada denunció a Sagredo y Topp ante la Policía Nacional cuando se procedió a dejar en libertad al empresario que había sido detenido y a arrestar a los dos carabineros.

El 8 de enero de 1983 fueron declarados culpables de todos los cargos y sentenciados a pena de muerte.

Una sentencia que fue ratificada en segunda instancia por la Corte de Apelaciones de Valparaíso y en tercera instancia por la Corte Suprema. También les fue negado el indulto presidencial por parte del dictador Augusto Pinochet, entonces en el poder.

La mañana del 29 de enero de 1985 los dos hombres se enfrentaron al pelotón de fusilamiento, les habían colocado en el pecho un disco naranja para orientar a sus ejecutores.