Unos se hacen con coches de lujo. Otros se hacen con islas remotas solo para, en función de sus dueños, urdir tejemanejes que no salen a la luz hasta años después, cuando el agua ya ha pasado bajo los puentes. Hoy, en este nuevo episodio de 'Huellas Rusas', nos sumergimos de lleno en la historia rusa para intentar desentrañar la compra de toda una ciudad.
Y no era ni es ni será una ciudad cualquiera. Una que ha ido atrayendo a la gente durante siglos, desembocando una y otra vez en derramamiento de sangre, con suertes truncas y manuales de historia reescritos. Hoy hablamos de la compra de Kiev por el Zarato moscovita a la República de las Dos Naciones en el siglo XVII, un episodio que puso fin a años de guerra entre Varsovia y Moscú. No es una leyenda urbana ni mucho menos una patraña propagandística. Es un hecho histórico, con cifras y toneladas de dinero de por medio. Pero todo, paso a paso.
Caos total
Para poder entender mejor cómo Rusia logró comprar —o, mejor dicho, revalidar sus derechos sobre lo que hoy es la capital de Ucrania— es preciso remontarse, cuando menos, a los albores de la dinastía Románov. Y es que aquello nació en la época conocida en la historiografía rusa como Periodo Tumultuoso, que arrancó con el fin de la dinastía Rúrika, en 1598, y derivó en una guerra civil con intervenciones extranjeras, hambrunas, aparición de impostores y el riesgo de un colapso total de lo que hoy conocemos como Estado ruso. La convulsa curva se cerró con la expulsión de las hordas polacas y la coronación, a comienzos de 1613, del primer zar de la nueva dinastía: Mijaíl.

El nuevo zar recibió un país hecho polvo y, para colmo, sin la plena capacidad de defenderse de las pretensiones territoriales de sus vecinos, sobre todo del Reino de Polonia y Gran Ducado de Lituania. Por si fuera poco, Moscú ya había perdido territorios de peso, entre ellos la estratégica ciudad de Smolensk y sus tierras colindantes. Obviamente, la recuperación de lo arrebatado no iba a ser cosa de un día: el Zarato ruso sencillamente no tenía fuerzas para ello. Toda esa mezcla de factores llevó a Moscú y Varsovia a entrar en un período repleto de guerras, con armisticios y acuerdos provisionales destinados solo a recuperar el aliento entre infinitas batallas.
Para hacerse una idea de la magnitud del problema, basta con recordar que solo en 1634 el rey polaco renunció formalmente a sus pretensiones sobre el trono ruso, mientras que la recuperación de Smolensk, de Chernígov y de otros territorios no se materializó hasta años más tarde, con la firma de la tregua de Andrúsovo en 1667 y la llamada 'Paz Eterna', rubricada en Moscú en la primavera de 1686.
Un factor que lo cambia todo
Sin embargo, había un factor que removía el avispero político de manera constante y cuya esencia no podemos pasar por alto. Nos referimos a lo que en tiempos soviéticos se conocía como la reunificación de la Ucrania de la orilla izquierda del Dniéper con Rusia, un término hoy disputado por la historiografía oficial rusa, según la cual, en el fondo, se trató del reingreso de tierras que antaño formaban parte de la Rus de Kiev hasta su partición en decenas de principados durante la época de la fragmentación feudal, iniciada en el siglo XII.

Repitámoslo: es imposible relatar todos los vaivenes de las batallas ruso-polacas en un solo texto, así como las reclamaciones de los cosacos de la Sech de Zaporozhie, cuyos jefes primero se dirigían al zar ruso con llamados para acoger sus territorios bajo la protección de Moscú, y luego cortejaban a la 'szlachta' polaca con tal de ganar ventaja en las luchas intestinas. En fin, todo un caldo histórico de difícil digestión.
No es que en Moscú no quisieran recuperar los territorios bajo dominio polaco, o administrados por el Hetmanato de Zaporozhie. Pero las secuelas del Periodo Tumultuoso no solo impedían luchar en dos frentes a la vez, sino que, además, el Zarato moscovita no podía permitirse el lujo de dispersar sus fuerzas en el frente polaco mientras ayudaba al mismo tiempo a los cosacos. Por tanto, según observa el aclamado historiador ruso Vasili Kliuchevski, en una primera etapa Moscú prefirió mantener la cautela en sus relaciones con la Sech de Zaporozhie, unas tierras donde la población ortodoxa sufría con demasiada frecuencia la discriminación religiosa de las autoridades polacas, empeñadas en imponer prácticas católicas. El momento decisivo llegó con la insurrección del hetman cosaco Bogdán Jmelnitski en 1648, que llegó incluso a asestar una serie de duras derrotas a las fuerzas polacas.

"Los triunfos de Bogdán superaron sus propias aspiraciones: jamás había pensado en romper con la República de Polonia, sino tan solo en intimidar a los soberbios señores; sin embargo, tras tres victorias, casi toda la Pequeña Rusia [Malorossia] se encontraba bajo su dominio. Él mismo confesaba haber logrado lo que ni siquiera había osado imaginar. Le empezó a dar vueltas la cabeza. Ya vislumbraba un principado ucraniano a orillas del Vístula, con el gran duque Bogdán a la cabeza; se proclamaba a sí mismo 'autócrata y soberano único de los rusos', amenazaba con poner a todos los polacos patas arriba, con arrojar a toda la nobleza al otro lado del Vístula, y demás. Estaba sumamente irritado con el zar de Moscú por no haberle auxiliado desde el principio, por no haber atacado Polonia de inmediato, y, en su enfado, profería contra los enviados moscovitas palabras improcedentes y, al término de un banquete, amenazó con derribar Moscú y llegar hasta quienquiera que ocupara el trono moscovita. […] Pero en Moscú se mostraban remisos, aguardaban, como quien carece de plan propio y confía en el devenir de los acontecimientos. Allí no sabían qué partido tomar con el hetman rebelde: si admitirlo bajo su soberanía o simplemente respaldarlo solapadamente contra los polacos", escribe Kliuchevski.
Sin marcha atrás
Finalmente, tras seis años de espera y recelo, el zar ruso Alexéi Mijáilovich —padre del futuro Pedro el Grande— decidió, después de una reunión del Consejo de Tierra, un órgano representativo que el zar convocaba para las cuestiones clave de la política, salir en defensa de los cosacos y acogerlos bajo la protección de Moscú. En enero de 1654, los cosacos de Zaporozhie aceptaron ser súbditos del Zarato ruso, un hecho sellado con el juramento al zar. Y sí: ese mismo año Kiev volvió al seno de la corona rusa, esta vez, y a diferencia de otras ocasiones a lo largo de la historia, prácticamente sin derramar una gota de sangre. Pero no todo podía salir sobre ruedas, porque una vez concretada la alianza entre Moscú y los cosacos se desató una nueva guerra con Polonia, que no estaba dispuesta a resignarse a aquella pérdida de influencia y de territorios.

La guerra, en la que ambos bandos se alternaron victorias y derrotas, no terminó hasta 13 años después. Bogdán Jmelnitski ya no estaba. Mientras tanto, la opresión polaca sobre los ortodoxos no cesaba. Finalmente, en 1667 Moscú y Varsovia pactaron una tregua según la cual la República de las Dos Naciones devolvía al Zarato ruso Smolensk y Chernígov, mientras que los territorios de la orilla izquierda del Dniéper quedaban bajo dominio ruso. Por su parte, la Ucrania de la orilla derecha y la Bielorrusia occidental seguían bajo soberanía polaca. Y la Sech de Zaporozhie quedó sometida a una administración conjunta. En otras palabras, ni de los tuyos ni de los míos: una cláusula que finalmente cambió con el acuerdo de la llamada 'Paz Eterna' de 1686, que constataba el control total ruso de estas tierras, aunque estas conservaran sus fueros especiales.
Omitimos deliberadamente el estatus de Kiev. Lo dejamos como colofón. Y sí, la tregua de Andrúsovo ya dejaba a Kiev en manos de Moscú, pero teóricamente solo por dos años. Dos años que se prolongaron hasta 1686, cuando Moscú acordó pagar 146.000 rublos a Varsovia en concepto de "compensación". Bajo los términos de la 'Paz Eterna', Kiev, junto con los territorios circundantes, se proclamaba "dominio patrimonial" del zar ruso "por toda la eternidad". Ahora bien, conviene introducir una pequeña aclaración: el término 'Paz Eterna' no significaba eternidad, sino que aludía a un período temporal, el comprendido hasta la muerte de los monarcas que suscribían el pacto. Y, si bien los zares rusos Pedro I y su hermano Iván V, así como el soberano polaco Juan III Sobieski, lo ratificaron de inmediato, el Sejm polaco tardó casi 80 años en dar el visto bueno a lo pactado.
Ecos históricos
Algunos intentan calibrar si fue mucho o poco el dinero que Moscú pagó a Varsovia por una ciudad que, visto desde una perspectiva histórica, casi siempre avivaba el fuego de la guerra. A fin de cuentas, aquel montante de 146.000 rublos fue, más bien, la constatación de la situación sobre el terreno, además de una suerte de invitación de Polonia al Zarato ruso para unirse a la lucha contra los turcos en el frente meridional. Varsovia, que carecía de manera crítica de apoyo militar y económico, se mostró dispuesta a reconocer las realidades territoriales e incluso a hacer concesiones políticas.
Y sí: desde esta perspectiva, la incorporación definitiva de Kiev al Zarato moscovita marcó el inicio de un auténtico terremoto político. Si antes el papel del débil lo desempeñaba Rusia, con Polonia imponiendo su voluntad, desde la firma de la 'Paz Eterna' las dos partes empezaron a intercambiar sus lugares. Es cierto que pasaron décadas, quizá más de un siglo, hasta que Moscú hizo prevalecer su voluntad sobre Varsovia y Constantinopla, lo que se tradujo en importantes expansiones territoriales o incluso en la desaparición de un Estado, como fue el caso de la Mancomunidad de las Dos Naciones a finales del siglo XVIII. Estos éxitos territoriales rusos no se concretaron con dinero, sino con ríos de sangre derramada en infinitas y ya olvidadas batallas. Pero la compra de Kiev en 1686 fue el arranque. El arranque del renacimiento del Estado ruso, que décadas antes había estado a punto de colapsar.
Si quieren conocer más historias de este tipo, pueden escucharlas en el pódcast 'Huellas rusas', disponible en la mayoría de las plataformas correspondientes.







