En Brasil se ha producido un batacazo: en contra de lo que pronosticaran la mayor parte de las firmas encuestadoras, el candidato ultraderechista Flávio Bolsonaro superó al presidente y aspirante a la reelección Luiz Inácio Lula da Silva, quien, para retener el cargo, tendría que obrar el milagro de ganar en la segunda vuelta de los comicios presidenciales del próximo 25 de octubre desde la segunda posición. Nunca ha pasado algo similar en ese país suramericano.
Lo curioso es que el revés de Lula no es explicable por causas que habitualmente se asocian a esa clase de retrocesos: la economía brasileña ha crecido, Brasilia recuperó su voz en el concierto internacional, el país está fuera del mapa del hambre por segunda vez y Da Silva ha adoptado posiciones tendientes a garantizar la soberanía y los intereses nacionales, aunque ello implicara enfrentamientos directos con el Gobierno estadounidense.
Esa derrota, sin ser definitiva, encendió las alarmas en la región, que en los últimos años se ha decantado electoralmente hacia opciones de la derecha política, históricamente aliada de EE.UU. y adversaria radical de los proyectos nacional-populares que ascendieron al poder particularmente durante la primera década del siglo XXI.
En ese contexto se ha inferido, acaso apresuradamente, que las sociedades latinoamericanas y caribeñas se derechizaron por efecto de la vuelta a la Casa Blanca del presidente estadounidense Donald Trump, quien ha establecido como prioridad geopolítica la recuperación de su influencia en la región –incluso a través de la fuerza–, como puede leerse en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025.

"Tras años de abandono, EE.UU. reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías claves en toda la región", reza el documento, en el que se establecen como directrices del agresivo enfoque de política exterior el "acceso continuo […] a ubicaciones estratégicas claves" y la captación, también por métodos variados que no excluyen la coerción, de socios regionales para alcanzar esos fines.
"En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un 'corolario Trump' a la Doctrina Monroe", se advierte en el escrito, donde se puntualiza que el referido corolario "es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de EE.UU".
No se trata solo de retóricas. Bajo esos criterios, EE.UU. bombardeó Venezuela y secuestró a su presidente, Nicolás Maduro, en enero pasado; arreció el ya draconiano bloqueo impuesto a Cuba desde hace más de seis décadas y consiguió que buena parte de los países latinoamericanos y caribeños se adhirieran al Escudo de las Américas, una coalición securitaria creada bajo el propósito declarado de combatir militarmente a los cárteles del narcotráfico y otras organizaciones delictivas a las que la nación norteamericana ha calificado como "amenazas" contra la seguridad regional.

A ello se ha sumado la imposición de aranceles bajo diversos pretextos, en interés de garantizar la primacía de las mercancías estadounidenses en una zona del mundo marcada por la dependencia económica, la exportación de materias primas estratégicas y la importación de la mayor parte de las mercancías de las que precisan sus ciudadanos, incluyendo alimentos y medicinas.
Pese a ello, ese marco explicativo se queda corto, porque deja de lado realidades más complejas que dan cuenta de procesos históricos, no exentos de contradicción, presentes en los países de la región, en los que si bien la relación con Washington es un factor con peso considerable, no es el único que ha de tenerse en cuenta.
Otra lectura de los triunfos electorales de las derechas
Aunque es cierto que las derechas regionales han avanzado hacia las más altas posiciones de poder en prácticamente todos los lugares en los que recientemente ha habido elecciones, no puede dejarse de lado que esas victorias han sido en su mayoría estrechas, incluso hasta el paroxismo.
Muestra de ello son los comicios de Colombia, en los que se alzó ganador Abelardo de la Espriella; los de Perú, en los que obtuvo la victoria Keiko Fujimori; los de Honduras, donde venció Nasry Asfura; o los de Ecuador, en los que Daniel Noboa alcanzó a ser reelegido. Bolivia representa una excepción, pues la segunda vuelta se disputó entre dos aspirantes derechistas: Rodrigo Paz y Jorge 'Tuto' Quiroga.

Además, en todos los casos, los candidatos conservadores contaron con el respaldo abierto de Trump y de otros altos funcionarios estadounidenses, lo que derivó en denuncias de injerencia y, también, en señalamientos de irregularidades que no necesariamente se atendieron en apego al marco legal vigente en cada una de esas naciones.
Visto así, el panorama da cuenta de una región donde prevalece la polarización política y no una en la que la derecha ha logrado construir una hegemonía duradera, atada al proyecto geopolítico estadounidense. Ello se hace evidente al ampliar el horizonte de análisis hasta 2015: lo que se encuentra, en la mayor parte de los casos, es una oscilación entre gobiernos de izquierda o centroizquierda y administraciones derechistas.
Los límites del progresismo latinoamericano
A finales de la década de 1990 apareció en la escena política venezolana Hugo Chávez, quien le dio la primera victoria en las urnas a la izquierda latinoamericana después de varias décadas de sequía. Su triunfo representó una ruptura con el orden neoliberal existente y el punto de partida para conformar un bloque histórico capaz de confrontar a Washington en pie de igualdad.
Al cabo de pocos años, el grupo estaba conformado ya no solo por Cuba y Venezuela, sino por Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Uruguay, entre otros países. Las tornas cambiaron y ese grupo de naciones le asestó a EE.UU. varias derrotas geopolíticas, entre las que destacó el naufragio sin remedio del Tratado de Libre Comercio de las Américas (ALCA, por sus siglas en inglés), el proyecto comercial más importante de la Casa Blanca por aquellos años.
En paralelo, esas gestiones promovieron mecanismos de integración fuera de la órbita estadounidense, reflotaron y resignificaron otros ya existentes –como el Mercosur– y, aguas adentro, emprendieron políticas públicas de distribución de los ingresos nacionales que se tradujeron en mejoras significativas en la calidad de vida de la población, al priorizar asuntos claves como la salud, la educación, la vivienda y los salarios, largamente postergados por las administraciones que les antecedieron.

Sin embargo, ese ciclo llegó a su fin. Dos factores se vislumbraron determinantes para ello: el cumplimiento de buena parte de las metas de gestión trazadas –asumidas siempre como reformas al sistema–, sin que se hiciera evidente cómo se atenderían otros temas acuciantes y no inscribibles directamente en el pago de la deuda social acumulada –de lo cual la seguridad ciudadana es un paradigma– y los movimientos de EE.UU. en la región.
Una lista no exhaustiva de eso último incluye el apoyo directo a candidatos derechistas, presiones económicas, diplomáticas y financieras; golpes de Estado, 'lawfare', sanciones económicas e injerencia directa.
El progresismo también se mostró limitado en hacer crecer su base de apoyo más allá de las masas populares que lo llevaron al poder. Al disminuir la pobreza, millones de personas pasaron a hacer parte de las llamadas clases medias, cuyo voto ha sido históricamente más oscilante, más pragmático y más atado al desempeño económico del país que a ninguna otra variable. A ellas no se les ofreció nada nuevo.
Desde otro costado es preciso atender a los hiperliderazgos. La mayor parte de las izquierdas latinoamericanas han surgido y crecido cobijadas a la sombra de líderes carismáticos. La ausencia o emergencia apenas fugaz de otros agentes, capaces de tomar el testigo y renovar la oferta, ha pesado enormemente en los resultados electorales.

Es eso lo que explica, por ejemplo, que la mayor parte de los jóvenes brasileños que votaron el pasado 4 de octubre hayan decidido apostar por Flávio Bolsonaro y no por Lula, a quien identifican como un político de 'establishment' y no como un líder experimentado, surgido de las luchas populares y comprometido con los intereses que les atañen.
En contraste, el abanderado ultraderechista luce ante sus ojos como una figura moderna, disruptiva, que crea contenido viral en las redes sociales y que no representa más de lo mismo, sino el futuro. Eso no tiene por qué estar apegado a los hechos: se trata de una percepción y ya ha ocurrido con Javier Milei en Argentina y con De la Espriella en Colombia.
El otro lado de la acera
Huelga asimismo decir que en esos años que muchos analistas calificaron como la década ganada de América Latina, la izquierda no fue hegemónica, sino que tuvo que lidiar siempre con una oposición derechista que, en casos como el venezolano, se alineó abiertamente con EE.UU., recibió respaldo directo de la Casa Blanca y procuró obtener por la vía de la insurrección lo que le había sido negado por los votos; es decir, también fue un tiempo de disputa.
De allí que la polarización, que ahora se expresa electoralmente con resultados estrechos, no pueda considerarse un fenómeno asociable al retorno de Trump a la primera magistratura de su país, sino un hecho de mucha más larga data y de amplio calado dentro de las sociedades latinoamericanas, que sobre esas bases no podrían calificarse como intrínsecamente antiimperialistas ni con tendencia al conservadurismo y a las lógicas empresariales.
Por otro lado, aunque grupos conservadores como los evangélicos gozan de peso electoral importante en países como Brasil, eso también dista de ser nuevo. La presencia de grupos neopentecostales y la denominada "ideología de la prosperidad" en América Latina comenzó en la década de 1970 y fue impulsada por la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU., que quiso ponerle freno a la por entonces popular teología de la liberación, cuyo Dios ocupado en los problemas pedestres lucía mucho más cercano a la gente que la idea de una vida eterna plena que ofrecían desde el Vaticano.

Tampoco resulta novedoso que agentes del conservadurismo religioso participen de alianzas electorales. Ahora están alineados con Flávio Bolsonaro, pero no siempre ha sido así. José Alencar, quien fuera vicepresidente de Lula en sus dos primeros mandatos (2003-2010), procedía de las filas del Partido Liberal –donde militan los miembros de la familia Bolsonaro– y, además, asumió públicamente esa fe mientras ejercía el alto cargo.
Se trata, por tanto, de un electorado y un grupo de poder relevante en ese y otros países, pero cuya existencia no basta para afirmar la aparente derechización de las poblaciones latinoamericanas por la vía del crecimiento de ese sector religioso, en tanto su comportamiento es más complicado que la mera identificación con los ideales tradicionales que suelen defenderse en el espectro derechista y en las Iglesias evangélicas vistas como generalidad.
Aprovechamiento contingente
Lo antes dicho no implica en modo alguno que EE.UU. no sacará provecho de su renovada influencia regional. Ya lo hace a través de las coaliciones militares, del acuerdo petrolero suscrito con Venezuela, de los pactos para la explotación de minerales estratégicos en diversos países que intenta amarrar y de la expulsión de rivales geopolíticos por diversos medios.
La Casa Blanca está procurando que esos tratados sean compromisos de Estado a largo plazo, lo que limitaría las posibilidades de que un eventual gobierno de izquierda pudiera recursarlos o denunciarlos en un intento de recuperar el manejo soberano de sus riquezas naturales.
Además, la ausencia de marcos legales precisos o la modificación conveniente de los ya existentes ha abierto el compás para que esas iniciativas, que suponen también ingentes ganancias para compañías estadounidenses, puedan salir adelante sin enfrentar apenas oposición y sin quebrantar el marco jurídico vigente.
Dicho de otra manera: en el plan estadounidense también está contemplado el escenario de disputa ideológica y ya se trabaja en esa dirección, en lugar de dar por sentado que su fuerza política, económica y militar es lo suficientemente grande como para limitarse a exigir alianzas y adhesiones basadas en las simpatías ideológicas o personales.







