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La guerra contra Irán podría convertirse en un punto de inflexión en el orden mundial posterior a la Guerra Fría

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La crisis del estrecho de Ormuz ha cambiado los cálculos de todas las grandes potencias, señala el politólogo ruso Timoféi Bordachiov.
La guerra contra Irán podría convertirse en un punto de inflexión en el orden mundial posterior a la Guerra Fría

El ataque de EE.UU. e Israel contra Irán en febrero y su posterior fracaso a la hora de alcanzar sus objetivos ya ha modificado los cálculos estratégicos de todas las grandes potencias. En algunos aspectos, también ha abierto nuevas oportunidades para el diálogo político. Aprovechar esas oportunidades beneficiaría a la política internacional en su conjunto, indica el politólogo ruso Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái.

Oriente Medio, en la mira de grandes potencias

Oriente Medio siempre ha sido una de las regiones más inestables del mundo. Las rivalidades en la zona rara vez desaparecen; simplemente evolucionan. Estados que son enemigos acérrimos un año suelen verse envueltos en acuerdos pragmáticos temporales al año siguiente. Pero estos acuerdos son más tácticos que duraderos. La región sigue atrapada en un ciclo de crisis recurrentes.

Durante décadas, sin embargo, la inestabilidad de Oriente Medio se consideraba manejable. Los conflictos eran sangrientos, pero no amenazaban los cimientos del propio sistema internacional. Incluso en el apogeo de la Guerra Fría, las grandes potencias veían la región como un escenario de competencia más que como un lugar donde arriesgarlo todo.

Había dos razones para ello. En primer lugar, Oriente Medio nunca afectó directamente a los intereses vitales de supervivencia de las grandes potencias. Estados Unidos y la URSS compitieron allí intensamente, y hoy en día EE.UU., Rusia y China mantienen importantes intereses en la región, pero ninguno consideró que mereciera la pena una confrontación que pudiera derivar en una catástrofe mundial. En segundo lugar, ningún Estado de la región poseía la capacidad de imponer un proyecto político revolucionario al resto del mundo.

En este sentido, los conflictos de Oriente Medio se asemejaban a una herida permanente en la política internacional: dolorosa, peligrosa, pero en última instancia controlable. Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado.

Duras consecuencias del conflicto 

La consecuencia más inmediata del ataque estadounidense-israelí contra Irán ha sido de carácter económico. La respuesta de Teherán, en particular la interrupción del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz y los ataques contra instalaciones estadounidenses en el golfo Pérsico, ha sacudido los mercados mundiales. El suministro energético se vio interrumpido casi de la noche a la mañana, lo que afectó no solo a Occidente, sino también a potencias como China y la India. El temor a una recesión más generalizada se extendió rápidamente.

Lo que hasta hace poco parecía impensable se ha convertido ahora en realidad: un conflicto regional ha demostrado su capacidad para socavar los cimientos de la interdependencia económica mundial.

Las consecuencias políticas pueden resultar aún más significativas

Durante décadas, se consideró a Estados Unidos una potencia capaz de imponer su voluntad militarmente en casi cualquier parte del mundo. Incluso tras los fracasos en Irak y Afganistán, muchos seguían dando por sentado que ningún Estado de la región podría resistir seriamente la abrumadora superioridad militar estadounidense. Esa percepción ha sufrido ahora otro duro golpe.

El derrocamiento del Gobierno venezolano a principios de este año reforzó la imagen de una América aún capaz de remodelar a su antojo a los Estados más débiles. En ese contexto, muchos observadores esperaban que el sistema político iraní se derrumbara rápidamente bajo la presión. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.

A pesar de los devastadores ataques contra figuras de alto rango y los constantes ataques aéreos, el Estado iraní resistió. No se produjo ningún levantamiento masivo. Las Fuerzas Armadas siguieron funcionando. Las estructuras de Gobierno del país demostraron ser mucho más resistentes de lo que Washington y Tel Aviv parecían haber previsto.

La supremacía militar automática de EE.UU. ya no parece convincente

Esto no significa que Irán haya salido victorioso. Las consecuencias a largo plazo del conflicto siguen sin estar claras, pero sí significa que la vieja suposición de la supremacía militar automática de Estados Unidos ya no parece convincente.

Las razones no son difíciles de identificar. Los dirigentes y la sociedad iraníes demostraron ser capaces de soportar el castigo sin que se produjera un colapso político inmediato. Los atacantes subestimaron la cohesión del Estado al que se enfrentaban. Ese error de cálculo tiene implicaciones que van mucho más allá del propio Oriente Medio.

Para Estados Unidos, se trataba de una guerra elegida, más que de una guerra necesaria, ya que Irán no representaba una amenaza existencial para la supervivencia estadounidense. Israel, sin duda, considera a Teherán un peligro estratégico, pero los intereses israelíes y estadounidenses no son idénticos, por muy estrecha que sea su alianza.

Esa distinción es importante porque explica por qué Washington, a pesar de toda su retórica, no ha mostrado ninguna disposición a recurrir a las opciones militares más extremas. El propio Estados Unidos es consciente de los límites de lo que está dispuesto a arriesgar.

¿Ambiciones de EE.UU. siguen a la altura de sus capacidades?

Sea cual sea el resultado final del conflicto, es probable que el episodio iraní provoque una reflexión en Washington. Como mínimo, debería obligar a replantearse si las ambiciones estadounidenses siguen estando a la altura de sus capacidades.

Sin embargo, esa reflexión no será fácil. La clase política estadounidense lleva décadas actuando desde una posición de extraordinario dominio global. Esto ha estrechado su visión del mundo, ya que las élites estadounidenses interpretan cada vez más la política internacional principalmente a través del prisma de las suposiciones políticas internas y las preferencias ideológicas.

Al mismo tiempo, Washington ha acumulado una enorme red de compromisos en todo el mundo. Mantenerlos a menudo genera presión para precisamente el tipo de intervención arriesgada que ha provocado la crisis actual.

Impactos para China y Rusia

China, por su parte, también se enfrenta a importantes cuestiones estratégicas. Pekín ha intentado mantener unas relaciones estables y pragmáticas con la actual Administración estadounidense. Sin embargo, el ataque contra Irán, considerado fuera de Occidente como una flagrante violación del derecho internacional, reduce el margen de maniobra de China. A Pekín le resulta cada vez más difícil tratar las relaciones con Washington como una mera negociación económica más.

El conflicto también ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de China ante la inestabilidad en regiones lejanas de las que, sin embargo, depende en gran medida para el suministro energético y el comercio. Las empresas chinas han realizado inversiones masivas en todo Oriente Medio, incluido el propio Irán. Es probable que la perturbación causada por la guerra intensifique los debates dentro de China sobre la seguridad económica y la excesiva dependencia de rutas marítimas vulnerables.

Con el tiempo, Pekín podría empezar a replantearse el equilibrio entre la integración económica mundial y la autosuficiencia estratégica.

Para Rusia, las consecuencias son más complejas de lo que muchos suponen. A corto plazo, Moscú se ha beneficiado económicamente del aumento de los precios de las materias primas. El conflicto también ha desviado en parte la atención internacional de Europa del Este. Pero Rusia no está necesariamente interesada en un colapso total de la influencia estadounidense en Oriente Medio.

Paradójicamente, una presencia estadounidense limitada y restringida puede contribuir a un mayor equilibrio en la política internacional. El caos total o la destrucción de todos los marcos diplomáticos en la región tampoco redundarían en beneficio de los intereses rusos.

Momento para enfrentarse a preguntas incómodas

Por eso la crisis iraní reviste tanta importancia. No se trata simplemente de otra guerra en Oriente Medio, sino más bien de un momento que ha obligado a todas las grandes potencias a enfrentarse a preguntas incómodas sobre la fuerza militar, la vulnerabilidad económica, la extralimitación estratégica y la estructura cambiante del propio sistema internacional.

El ataque a Irán tenía por objeto demostrar fuerza. En cambio, ha puesto de manifiesto la incertidumbre. Y al hacerlo, puede que aún cree oportunidades para un diálogo más realista y moderado entre las grandes potencias mundiales.

 

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