En las últimas dos décadas, la geografía humana de Europa se ha reorganizado profundamente. Según el UN DESA, el número de migrantes residentes en el continente aumentó en 40,8 millones entre 2000 y 2024, un crecimiento del 67 %. Pero esta cifra oculta una realidad fragmentada. Como muestra un análisis de Visual Capitalist, Europa se divide en dos dinámicas opuestas: un bloque occidental y mediterráneo que absorbe población y un bloque oriental que pierde residentes extranjeros.
¿Qué se está comparando realmente?
El informe 'International Migrant Stock' de la ONU no mide flujos anuales, sino el "inventario" acumulado de personas que residen de forma permanente en un país distinto al de su nacimiento. Es un indicador amplio: incluye trabajadores de larga duración, nacionalizados, refugiados y solicitantes de asilo. Así se observa cómo las políticas y los ciclos económicos han moldeado la población estable de cada país.

Los imanes del Oeste y del Sur
El motor del crecimiento se concentra en tres países, que absorben casi la mitad del incremento europeo: Reino Unido (+7,1 millones), España (+6,8 millones) y Alemania (+6,4 millones). En España, la población extranjera se cuadruplicó por el 'boom' inmobiliario y la regularización de 2005, que atrajo unas 700.000 solicitudes. En Reino Unido influyeron la libre circulación y los cambios en visados. En términos proporcionales destacan Malta (+827 %), Bulgaria (+590 %) e Islandia (+522 %): economías pequeñas con rápido desarrollo y cifras iniciales bajas.
La otra cara: el repliegue en el Este
En el antiguo espacio soviético y los Balcanes, la tendencia se invierte. Rusia registra el mayor descenso absoluto de todo el mapa: 4,3 millones de migrantes menos (−36 %). También caen Ucrania (−8 %) y Serbia (−50 %). Y si se mira el porcentaje, Bosnia y Herzegovina anota la caída proporcional más pronunciada: −59 %.
Del mapa demográfico al polvorín político
Pero este mapa tiene una segunda lectura que va más allá de las cifras: la migración ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en uno de los principales ejes de la fragmentación política europea. Según encuestas, en países con larga tradición de acogida, como Francia o España, una parte significativa de la población percibe la inmigración más como un coste que como un beneficio.
El caso francés es paradigmático. Las protestas de octubre, nacidas de reivindicaciones salariales y educativas, derivaron en disturbios que parte de la clase política —incluido Donald Trump— atribuyó a la presencia migratoria. En Bruselas, los líderes europeos protagonizaron un debate "desagradable" e "indigno": Dinamarca, Italia y Polonia impulsaron un lenguaje más restrictivo, bloqueado por Francia, Luxemburgo y España.
Y en el sur, la crisis de Ceuta muestra el rostro más humano de esta tensión. La entrada masiva de más de 70.000 personas desde Marruecos en julio desbordó los centros de acogida y desató enfrentamientos con la población local. El Gobierno español fue duramente criticado, y el debate se trasladó a las calles de Madrid y Barcelona.


