Jaiba azul: realidad migrante

La tradición de capturar y consumir el preciado cangrejo azul está tan arraigada en Maryland, EE.UU., que es de suma importancia para nutrir la economía del estado. Sin embargo, la industria cangrejera depende del duro y casi invisible esfuerzo realizado por jornaleros extranjeros. ¿Qué labores desempeñan estos migrantes para poder mantener a sus familias en México? ¿Cuáles son los retos que encara este sector?

En Maryland, EE.UU., el cangrejo azul de la bahía de Chesapeake está por todas partes: letreros, tiendas y menús. Desde 1989 es símbolo oficial del estado y un motor cultural y económico. Pero detrás del icono nacional hay una realidad menos visible: la industria se mantiene gracias al trabajo de migrantes, entre pescadores latinoamericanos y jaiberas mexicanas, que afrontan sacrificios para sostener a sus familias.

La devoción se ve en el festival anual del cangrejo de Annapolis, considerado el más grande del mundo. Requiere de un estadio, meses de preparación y dos centenares de voluntarios. Horas antes, los equipos ya cocinan sin parar. En el festín se consumen 3.600 kilos de cangrejo, además de miles de perritos calientes y 3.000 mazorcas de maíz. Para muchos asistentes, reunirse a comer cangrejo es memoria, comunidad y tradición; además, los beneficios del evento se destinan a organizaciones locales.

'Watermen' y jaiberas: el corazón de la industria

Pero antes de llegar al plato están los 'watermen' de Hoopers Islands, donde capturar cangrejo es "herencia" y modo de vida. Salen casi a diario en temporada (normalmente de marzo/abril a noviembre/diciembre), colocan trampas y clasifican las capturas.

Aunque la pesquería ha superado los 45 millones de dólares anuales en Maryland y lo que se pesca allí representa alrededor de un tercio del total de EE.UU., pescadores como Scott Jones dicen que "se está poniendo más difícil": el precio que reciben puede ser hasta cinco veces menor que el que paga el consumidor, mientras suben la gasolina y la carnada. En su tripulación trabajan latinoamericanos; Pascual lo resume: "es un trabajo pesado… ocho horas", pero siguen.

En las plantas de procesamiento, el esfuerzo es aún más intenso y recae casi por completo en jaiberas mexicanas contratadas por temporada. Su destreza y rapidez son clave: cada dos horas extraen al menos seis libras de carne (unos tres kilos) y, para una libra, pueden pelar 80–90 cangrejos.

Trabajan desde muy temprano, cobran por libra (no por hora) y calculan unos 300 dólares limpios por semana, además de pagar alojamiento al patrón y costear el viaje desde México (700–800 dólares ida y vuelta). A esto se suman cortes, dolores y otras afectaciones físicas. Como dice Daria, si se lastiman, "se envuelven" y continúan, porque "no hay incapacidad".

Presiones: visas, competencia e incertidumbre del cangrejo

El aislamiento en las islas y una visa que las ata al empleador aumentan la dependencia. Y la industria enfrenta más presiones: retrasos y cupos insuficientes en visas, cierres de negocios, carteles de "se vende" y competencia de carne de cangrejo importada desde Asia, vendida por un tercio o la mitad del precio local. A la vez, biólogos monitorean la bahía desde 1990 y en 2025 se registró uno de los niveles más bajos recientes de población de cangrejo azul, con posibles causas ambientales, pérdida de hábitat, especies invasoras y cambios climáticos.

Al final, el futuro del cangrejo azul (y de una tradición profundamente "estadounidense") descansa, en gran parte, sobre manos migrantes.