Cuando en 1884 las potencias coloniales europeas se repartieron el continente africano como si fuera una torta, Alemania también se llevó su pedazo. Cómo no iba a hacerlo, además, si el reparto se decidió en la llamada Conferencia de… Berlín.
El por entonces llamado Imperio Alemán o Segundo Reich se apropió en diferente grado de tres territorios africanos que hoy corresponderían, aproximadamente, a las actuales Tanzania, Camerún y Namibia (a la que bautizaron como África del Sudoeste). Curiosamente, este último territorio fue convertido en "protectorado imperial", pero pese a ese afán 'protector', fue la que peor parte se llevó de los tres en el breve, pero sangriento, paso alemán por el continente.
Tratados tramposos, promesas incumplidas y leyes a conveniencia de los ocupantes precedieron a la llegada de cada vez más colonos y militares
Cuando los alemanes llegaron allí, se encontraron sociedades africanas bastante organizadas, adaptadas desde hacía siglos a una tierra difícil. Uno de esos pueblos originarios eran los 'herero', conformado entonces por unas 80.000 personas, dedicadas primordialmente al pastoreo de ganado bovino.
También habitaban en esa región los 'nama', unas 20.000 personas, asimismo dedicadas fundamentalmente a la ganadería, como otras etnias menos numerosas, entre ellas los 'ovambo', 'damara' y 'san'.
La ocupación alemana fue consensuada. Claro, tan consensuada como quien firma un contrato fraudulento y le arrebatan la casa. Tratados tramposos, promesas incumplidas, comerciantes vivarachos y leyes a conveniencia de los ocupantes precedieron a la llegada de cada vez más colonos, funcionarios y militares alemanes a Namibia.
De la ocupación al exterminio
En el siguiente par de décadas tras el inicio del (abramos infinitas comillas) "protectorado" alemán, los habitantes nativos vieron cómo sus 'protectores' los iban dejando sin tierras, sin agua y sin ganado, es decir, sin su modo de vida, mediante engaños, préstamos usureros o, directamente por la fuerza.
Cansado de los abusos, un líder tribal herero enumeró todas las injusticias sufridas en una carta dirigida al gobernador colonial alemán quien, por lo visto, la escondió debajo de la alfombra de piel de leopardo de su despacho después de leerla.
Así, el 12 de enero de 1904, la etnia mayoritaria en la Namibia 'alemana' se hartó de los atropellos y sus integrantes atacaron granjas, comercios y cuarteles de los colonos. La respuesta de Berlín fue comisionar a uno de sus militares más rústicos para sofocar lo que denominaron "levantamiento". El general Lothar von Trotha, con reciente experiencia represiva contra población originaria en China, llegó al continente africano pocos meses después, con ánimos exterminadores.
Quienes habían sobrevivido a las balas murieron en las semanas siguientes de hambre y sed, confinados en el desierto por la fuerza
El 11 de agosto de ese mismo año, el militar teutón diseñó una operación para aplastar militarmente a los herero, sin distinguir entre combatientes y civiles. Ese día, en la llamada Batalla de Ohamakari (o de Waterberg) se produjo la primera gran masacre de población local a manos de los ocupantes. La confrontación fue tan desigual que, mientras entre los alemanes hubo una treintena de fallecidos, los nativos sufrieron varios miles de muertos, sin que nunca se haya logrado precisar la cifra.
A Von Trotha, sin embargo, no le pareció suficiente y decidió proseguir su estrategia genocida contra los herero que habían logrado romper el cerco aquel día y habían huido hacia el desierto de Omaheke. El general alemán ordenó perseguirlos, bloquear su paso a zonas frondosas y cortarles el acceso a los pozos de agua. Así, quienes habían sobrevivido a las balas murieron en las semanas siguientes de hambre y sed, confinados en el desierto por la fuerza. Ya saben, valores europeos de toda la vida.
¿Creen que esto detuvo al militar llegado del continente que se ha dedicado a 'civilizar' al resto del mundo desde hace cinco siglos? Pues no. El 2 de octubre, también de 1904, Von Trotha firmó la llamada 'orden de exterminio', que declaraba que los rebeldes "ya no eran súbditos alemanes" y serían abatidos si no abandonaban el territorio colonial. El texto firmado aclara que no se harían excepciones ni con civiles ni con mujeres ni con niños.
Claro precedente del nazismo
Para complementar la orden, los pichones de Hitler se adelantaron al futuro 'führer' e instalaron en lo que consideraban su territorio varios campos de concentración, donde los prisioneros eran forzados a trabajar en condiciones de esclavitud. Windhoek, Swakopmund o Shark Island se convirtieron en prototipos para los futuros Dachau, Buchenwald o Auschwitz.
En los cuatro años que siguieron a la 'orden de exterminio', unos 65.000 herero murieron a bala, malos tratos, inanición o agotamiento. Cerca del 80 % de su población. Los nama, la segunda etnia del territorio, perdieron a la mitad de sus integrantes, unas 10.000 personas, de la misma manera. Una auténtica 'solución final'.
Y si todos estos paralelismos no bastaran, entre los ocupantes europeos de Namibia también hubo varios modelos para futuros 'doctores' Mengeles. Cráneos y otros restos de la población nativa asesinada fueron enviados a Alemania para investigaciones 'científicas' que consistían, básicamente, en torcer las ciencias anatómicas y antropológicas con el objetivo de dar un empujoncito a teorías sin fundamento sobre jerarquías raciales y supuesta superioridad blanca.
Heinrich Göring, primer comisionado imperial en la llamada África del Sudoeste alemana, fue el padre de Hermann Göring, futura mano derecha de Hitler
Como broche final a esta enumeración de coincidencias entre colonos alemanes en Namibia y nazis en Berlín, una anécdota que, visto lo visto, no es tan anecdótica: Heinrich Göring, primer comisionado imperial en la llamada África del Sudoeste alemana, fue el padre de Hermann Göring, futura mano derecha de Hitler. De tal palo genocida, tal astilla exterminadora.
Al contrario que con otros genocidios de autoría alemana, durante décadas, la heredera legal del Imperio Alemán, la República Federal de Alemania, fingió que lo de Namibia no había sido para tanto como para calificarlo así o mostrar arrepentimiento. El término "genocidio" solo fue usado oficialmente por primera vez por historiadores en sus vecinos orientales de la República Democrática de Alemania, donde por cierto también se realizó una película sobre el tema.
En ese sentido, Berlín Este (junto a Moscú y La Habana), estableció alianzas con Swapo, el movimiento de liberación namibio que buscaba acabar con el dominio del 'apartheid' sudafricano en la Namibia todavía colonizada de la Guerra Fría. La nación africana recién logró su independencia hace tan poco que bastantes de quienes están viendo este video son más 'viejos' que la Namibia independiente, surgida en el año 1990.
Un reconocimiento tardío e insuficiente
Apenas en el presente siglo, con Alemania ya reunificada, empezaron a escucharse algo parecido a unas disculpas oficiales, entre carraspeos y discretas devoluciones de cráneos robados. Finalmente, en 2021, más de un siglo después del genocidio, el Gobierno alemán aceptó oficialmente que aquellas matanzas sí habían constituido un genocidio y anunció 1.100 millones de euros para proyectos de desarrollo en Namibia, a repartir en los siguientes 30 años.
Sin embargo, muchas comunidades originarias consideran insuficiente el acuerdo. Por un lado, porque la ayuda no se presentó como compensación sino como cooperación (que es una forma sibilina del Estado 'donante' para desmarcarse de los hechos) y los descendientes de las víctimas no fueron consultados durante las negociaciones. Y, por el otro, más trascendente, porque el gesto de Berlín no aborda el espinoso tema de la propiedad de las tierras robadas, que siguen en gran medida en manos de los descendientes de los colonos europeos.
Esta historia no solo nos muestra la cara germánica del colonialismo europeo (menos conocida pero igual de fea que la de otras naciones del 'jardín') sino también el arrepentimiento selectivo e interesado del Occidente Colectivo respecto a sus crímenes pasados y presentes: mientras a unos se les otorga de inmediato el derecho a colonizar tierras ajenas, con patente de corso para exterminar mujeres y niños, acompañado de todo un torrente mediático (y cinematográfico) para justificarlo, junto a un aparato de censura y hostigamiento a quien ose criticarlo, a otros se los ignora durante más de un siglo y, pasado ese lapso, se admite -sin exceso de lagrimeo- que sí, que aquello estuvo mal, se les da una cantidad testimonial de dinero respecto a otras compensaciones y con eso se espera que pronto el asunto quede relegado al interés de un puñado de historiadores trasnochados.
Por eso, lejos de ser un asunto pasado, la trágica experiencia de Namibia con los brutales abusos del colonialismo europeo tiene tanto de presente que cualquier esfuerzo por recordarla es poco.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.