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Opinión

Una melodía en el blanco paisaje polar

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Una melodía en el blanco paisaje polar

En un cerro de Múrmansk, la ciudad rusa más grande detrás del Círculo Polar Ártico, se levanta la enorme figura del soldado soviético Aliosha, llamada oficialmente 'Memorial a los Defensores del Ártico Soviético durante la Gran Guerra Patria'.

El monumento a Aliosha mide 42 metros, pesa 5.376 toneladas y mira hacia el occidente, el Valle de la Gloria, en la entrada a Múrmansk, donde en años de la guerra los combates fueron los más cruentos. Esta ciudad, que es el único puerto sobre el Ártico ruso que no se congela en invierno, fue un punto clave para los convoyes marítimos de los aliados británicos y estadounidenses con armas para el Ejército Rojo durante la guerra contra el fascismo. En línea recta, Múrmansk se ubica a unos 130 km de la frontera noruega. Al no poder tomarla por tierra, en la operación conjunta Zorro de Plata, entre las tropas alemanas y finlandesas, la aviación nazi prácticamente la borró del mapa con sus bombas: fue la segunda ciudad soviética, después de Stalingrado, en recibir mayor densidad y número de bombardeos, quedando más del 80 % de sus edificios destruidos.

Cuando subí de noche hacia los pies de Aliosha, una tormenta que vino del norte cubrió por completo la ciudad y el cielo, dejando solo los estallidos de la llama del Fuego Eterno, detrás de la blanca cortina de nieve, que, como el hervor del tiempo, se asoma de la tierra viva aquí en el cerro.

Viendo la tormenta de nieve desde el monumento de Aliosha, yo no sabía que más o menos al mismo tiempo, por el mismo paisaje, caminaba la solitaria figura de un hombre con una gaita. Era Jimi McRae, músico escocés que llegó a Múrmansk y tocó desde estos cerros para sus dos tíos abuelos, que navegaron aquí en los convoyes del Ártico. Uno de ellos, Adam Hogg, para siempre quedó en estas aguas.

Los seguidos viajes a Rusia a festivales antifascistas y homenajes a sus héroes, se convirtieron para Jimi en parte importante de su vida, en su lucha y su lugar en el mundo. Hasta fue llamado por la propaganda británica "el gaitero de Putin". La gaita escocesa, una bóveda secreta de sonidos ancestrales de las costas pedregosas y ventosas de mares fríos, guarda la densidad de notas graves, concebidas entre la vida y la muerte en estas latitudes extremas. Las melodías de su gaita, rusas, escocesas y otras, se elevan sobre las rocas y el hielo de la costa del mar de Barents para llover o nevar desde las nubes del norte que desde aquellos tiempos vigilan a nuestros caídos.

Mi primer encuentro cercano con el Ártico ruso se produjo después del reciente Foro Internacional de Múrmansk, dedicado a la problemática de este territorio. Después de toda la parte académica, económica y política, donde fueron analizados diferentes problemas, proyectos y enfoques, tuve la necesidad de sentir bajo mis pies las piedras y las nieves de esta costa extrema del norte, que parece ser un espejo fiel de las orillas del sur de la Patagonia, iluminadas con la misma luz plomiza de las olas, coronadas con oscuras y exageradas nubes polares.

Las figuras de ballenas en la cotidianidad de sus pueblos indígenas y los generosos sabores de sus cangrejos gigantes y erizos que se repiten con exactitud increíble de una zona polar a la otra. Se sabe que el color blanco no existe, que es una suma de todos los colores del arcoíris. En el infinito del paisaje polar, más que en otros lugares, se siente que es parte inseparable de tierras y mares, selvas y desiertos, llanos y montañas de un planeta donde jamás deberían existir las fronteras. 

Caminando por las nieves polares es fácil darse cuenta de que uno está en un territorio tan poco explorado como el océano mundial o la Antártida, del que ignoramos mucho más de lo que conocemos, y que la única oportunidad de redescubrirnos como humanidad, es aprender a protegerlo juntos y entre todos, antes de que lo destruyamos.

Lo más interesante de este desafío es que ello no significa minimizar la presencia humana en el Ártico. Todo lo contrario, pero la idea es aprender a estar presentes sin que esto signifique automáticamente su destrucción. En ninguna otra parte del mundo es tan necesaria la fuerte presencia del Estado. Desde una lógica de mercado, para las estructuras privadas, financiar aquí la calidad de vida, nunca será rentable. Justamente por eso, el auge del desarrollo del Ártico ruso correspondió al periodo soviético, cuando en pocas décadas surgieron las ciudades de Norilsk, Vorkutá, Magadán, Naryan-Mar, Severodvinsk, Apatity, Monchegorsk, Kirovsk, Intá y otras, donde aparte de las industrias, que fue la razón de su fundación, se generaron condiciones de vida para millones de personas que se trasladaban a nuevos lugares de clima extremo.

La propaganda antisoviética ya varias veces, y en distintos idiomas, 'ha explicado' que el desarrollo del Norte Polar de la URSS se dio por "las represiones de Stalin" y las grandes obras del siglo "hechas con las manos de los prisioneros".

Sin duda, es un tema que merece un buen análisis de verdaderos historiadores, pues hay algo muy evidente desde el principio: este tipo de 'críticas' excluyen normalmente por completo la visión del enorme proyecto histórico que representaba la URSS y la imperante necesidad de sobrevivir frente a la permanente presión del 'mundo civilizado' de entonces, que igual que ahora, de lo que menos se preocupa es de los 'derechos humanos', 'la democracia' o de sus víctimas que elige. Sin duda, esta historia conlleva mucho dolor, errores e injusticias individuales, pero la cantidad de vidas salvadas gracias a estos gigantescos proyectos de Estado y la propia supervivencia del país fue debido a las grandes obras de aquellos tiempos, que, con tanta liviandad, ignorancia y con tan mala fe se acostumbra hoy a 'criticar' en los circuitos pseudointelectuales.

Para sentir mejor al ser humano de estas latitudes es bueno acudir a la sabiduría de uno de los pueblos que fueron sus primeros habitantes: los sami. Los sami no se preguntan "¿qué fue primero, el huevo o la gallina?", porque saben que primero hubo un huevo de pato. Un pato voló sobre el vasto océano y puso sus huevos en una brizna de hierba sobre sus aguas. Luego, la brizna de hierba se convirtió en tierra, y de los huevos aparecieron las plantas, los peces, los pájaros y las personas. Su dios, Myandash, es un hombre ciervo con cuernos dorados, hijo de una bruja, el progenitor de los sami. Fue quien enseñó a la gente a cazar, les dio un arco y deambula entre tres mundos: celestial, terrenal y subterráneo. Mientras Myandash esté vivo, este mundo no se acabará. Una de las guardianas de este mundo terrenal es Noid, una hechicera, la gobernante de las tormentas, clarividente y sanadora. Ella ayuda al pueblo sami a luchar contra los enemigos, domina el clima, trae renos de tierras extranjeras, prevé el futuro. Algunos de los sami tienen en su poder un sombrero secreto, el que los hace invisibles, pero este sombrero puede tenerlo solo quien que no haya matado en su vida a nadie.

Mirando el mar de agua desde el mar de las nieves bajo el mar de las nubes, se siente que este mágico lugar no es solo un territorio que esconde infinitos tesoros minerales o alberga importantes puertos para la Ruta Marítima del Norte, la más directa y económica entre Europa y Asia. Antes que eso, y sobre todo, el Ártico es una escuela para todos nosotros, los de distintas épocas y diferentes pueblos, para que aprendamos a ver colores de nuestro futuro en la infinita blanca pantalla de estas tierras.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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