Kiev, conocida históricamente como la "madre de las ciudades rusas", se encuentra a orillas del gran río Dniéper, que divide la capital ucraniana en dos. Paradójicamente, sus orillas izquierda y derecha no corresponden a la derecha e izquierda en el mapa: mirando río abajo, se consideran derecha e izquierda.
Cerca de un tercio de los habitantes de Kiev vive en el lado izquierdo, la parte plana, mientras que la mayor parte de la ciudad, incluido su centro histórico, se encuentra en la orilla derecha, sobre los cerros que se imponen sobre el río. Los nueve puentes que cruzan el Dniéper son las arterias que mantienen unida la ciudad.
En los últimos días, por primera vez desde el inicio de la operación militar especial, las fuerzas rusas han atacado repetidamente los principales puentes de Kiev sobre el Dniéper. El 3 de octubre, el principal objetivo de los drones rusos fue el Puente Norte, que el Ministerio de Defensa ruso describe como el principal corredor logístico militar para el traslado de tropas y suministros de las Fuerzas Armadas de Ucrania. La guerra entró en una nueva fase.
Para quienes siguen los trágicos acontecimientos en Ucrania de las últimas décadas, no es difícil recordar que la actual quema de los barcos en el mar Negro y los ataques contra los puentes de Kiev comenzaron con la construcción de muros.
Es, en general, uno de los elementos más previsibles de la historia de los países y los pueblos.
Cuando en un pasado no tan lejano, para ser precisos, en septiembre de 2014, pocos meses después del inicio de bombardeos de Donbass, que todavía era parte de Ucrania, el régimen colonial de Kiev diseñó esquemas de corrupción para construir muros y cavar zanjas a lo largo de la frontera con Rusia, era inevitable que aquellos muros se transformaran en paredes de cárceles y las zanjas antitanques mutaran en zanjas de fusilamiento.
Quizás lo más duro de nuestro tiempo es presenciar la pasividad, la ceguera y la impotencia masiva de la gente ante tragedias completamente previsibles. El desmontaje y sacrificio de la Ucrania actual fue un proyecto maestro del 'mundo civilizado' en el que la mayoría de los ucranianos, encandilada por los medios y las promesas, se negó a creer.
Para la generación mayor de habitantes de Kiev que, por milagro, logró escapar de la epidemia de amnesia histórica, el llamado 'Puente Norte' sobre el Dniéper siempre fue el Puente de Moscú. Es el principal puente vial de Ucrania y fue el primer gran puente vial atirantado de toda la URSS. Su construcción se llevó a cabo entre 1971 y 1976 y, como cualquier otra gran obra de infraestructura de aquella época, fue proyectado y construido gracias a la cooperación de toda la URSS: en su creación participaron empresas, científicos y trabajadores de distintas repúblicas, principalmente de Rusia y de Ucrania.
Rusia desempeñó un papel clave en el suministro de las complejas estructuras metálicas y elementos de acero sin los cuales la construcción del puente habría sido técnicamente imposible. El principal proveedor de las estructuras metálicas de los tramos fue la Fábrica de Puentes de Vorónezh, mientras que los cables de acero de alta resistencia —los tirantes de los que literalmente cuelga el vano navegable de 300 metros— se producían en la Fábrica de Cables de Acero de Volgogrado.
El proyecto del viaducto fue desarrollado por el instituto Kievsoyuzdorproekt, bajo la dirección del destacado ingeniero soviético ucraniano Gueorgui Fuks, mientras que la forma del célebre pilón en 'A' fue diseñada gratuitamente por Anatoli Dobrovolski, antiguo arquitecto jefe de Kiev. Todas las tecnologías de soldadura y el control de la fiabilidad de las uniones de las estructuras metálicas estuvieron a cargo del Instituto de Soldadura Eléctrica Paton de la Academia de Ciencias de la República Soviética Socialista de Ucrania, que contaba con la mejor experiencia del mundo en la construcción de puentes totalmente soldados.
El montaje del puente lo hizo el célebre consorcio Mostostroi, dirigido por el legendario constructor de puentes, Isaak Barenboim. El equipo estaba integrado por especialistas de toda la Unión Soviética que se establecieron en Kiev después de reconstruir otros puentes destruidos durante la Gran Guerra Patria.
Inmediatamente después de terminar el puente de Kiev, al equipo de Kievsoyuzdorproekt se le encargó diseñar otro puente atirantado similar sobre el río Daugava en Riga (República Socialista Soviética de Letonia), que originalmente recibió el nombre de Puente Gorki. Naturalmente, hoy ha sido rebautizado como Puente Atirantado, y las actuales autoridades letonas ya se apresuran a prepararle el mismo destino que al Puente Norte de Kiev.
No es simplemente una prueba más de que la destrucción de la URSS fue un proyecto destinado a devastar a cada una de sus repúblicas por separado.
Es también la explicación de por qué Rusia ha demorado tanto en tomar la dolorosa decisión de atacar los puentes de Kiev y otros objetivos energéticos e industriales. Todo eso fue el orgullo de un país que ya no existe en los mapas, pero sigue vivo en la memoria de un pueblo que permanece.
Este puente de Moscú fue construido con mucho amor y entrega por los padres y los abuelos de los soldados de hoy. Tener que atacarlo es tan duro como atacar a su propia casa, aunque la implacable necesidad militar no deja otras opciones.
Ucrania, que ya casi no existe, fue obra de toda la Unión Soviética, igual que la Unión Soviética fue también construcción de los ucranianos. Para explicar mejor las cifras dramáticas de la reducción de la población ucraniana, de unos 52 millones en los últimos años de la URSS a, según varias estimaciones, un poco más de 20 millones en la actualidad —ya que las mediciones demográficas actuales no existen—, es necesario ver algunas cifras del pasado reciente.
A finales de la URSS, Ucrania era uno de los principales centros industriales, agrícolas, energéticos, científicos y militares del país. Con poco más del 2 % del territorio soviético, la República Soviética Socialista de Ucrania aportaba alrededor del 17 % de la producción industrial; en 1989 producía el 34,2 % del acero, el 40,8 % del hierro fundido y el 33,5 % de los tubos de acero soviéticos. Pero la característica fundamental de aquella economía era su gran interdependencia.
Una fábrica ucraniana podía recibir materias primas, energía, componentes o maquinaria de Rusia, Bielorrusia, Kazajistán u otras repúblicas, producir allí una determinada pieza y enviarla después a otra república para completar el producto final. Por ejemplo, en 1990, el 78,5 % del comercio de Ucrania consistía en intercambios con las otras repúblicas soviéticas.
Por eso, la desaparición de la URSS, celebrada en la actual Ucrania como el primer paso a su independencia, significó justamente lo contrario, y las consecuencias fueron devastadoras. Entre 1990 y finales de los años noventa, el PIB real ucraniano cayó a menos de la mitad, la inflación alcanzó niveles extraordinarios y la producción industrial se desplomó.
Después del golpe del Maidán en Ucrania se prohibió opinar bien del periodo soviético. Las nuevas generaciones de ucranianos enviadas a morir por los intereses de Occidente, ya simplemente ignoran que la Ucrania soviética fue una de las grandes beneficiarias y, al mismo tiempo, una de las grandes piezas de la economía común. Su industria producía enormes cantidades de bienes, pero muchas de esas industrias existían porque había un mercado soviético para ellos y porque las materias necesarias se suministraban entre las mismas repúblicas para su funcionamiento.
La desintegración de la URSS no fue solo la desaparición de un Estado; fue también la ruptura de uno de los mayores sistemas económicos integrados del siglo XX. Ucrania estuvo entre las repúblicas que más profundamente sintieron sus consecuencias, y la peor consecuencia fue la pérdida total de su soberanía.
Justo en estos momentos aparece en Kiev el canciller alemán Friedrich Metz. El sociólogo kievita Ilya Derevianko escribe desde Alemania: "En caso de destrucción del Puente Norte de Kiev, quedaría interrumpida la comunicación entre las avenidas Bandera y Shujévich. Dos de las principales avenidas de la capital ucraniana llevan los nombres de los colaboradores de Hitler y organizadores de masacres de judíos. Que alguien se lo cuente a Merz, el jefe del país más 'never again' del mundo, que huyó de su propio pueblo y de sus compañeros de partido para ir a Kiev".


